La Noche
Por inzona • Nov 7th, 2008 • Categoria: OpinaTexto. Jose Prieto
Al abrirse la veda de la noche una jauría de cazadores se pone en marcha.
Siguiendo un ritual de homo primitivo comienzan la ceremonia a la caída del dios sol frente a un cristal que devuelve con exactitud matemática sus gestos más feroces. Escondidos en cuartos de baño escuchan cantos guerreros al tiempo que preparan su uniforme mientras los viejos de su misma tribu fuman la pipa de la apatía frente a televisores de diseño, ocultos de sus miradas más cáusticas los cazadores se acicalan como samurais occidentales abrillantando hebillas, blanqueando colmillos, espumando cabellos y ajustándose los genitales a lo torero. Al otro lado del tabique en simétrica posición otro cazador del sexo opuesto lleva a cabo la misma liturgia. Su uniforme entonces busca romper las leyes del mimetismo natural para mostrar la máxima superficie de carne dorada en la barbacoa mediterránea. Todo aquello sin fecha de caducidad, celulitis, arrugas, estrías, o marcas de mala suerte es susceptible de mercadeo; igual que se disfrazan las barrigas, se hinchan pectorales, se saturan los colores y se agrandan las ventajas de nacimiento.
Desde las más antiguas noches de la creación existe una proporción cuasicientífica por la cual el número de presas iguala en todo momento al de depredadores, uno a uno. Y sabedores de tales cábalas se nutren del hambre que les proporciona esa lotería mágica. Abandonan sus guaridas cuando ya las luces de neón golpean las retinas, y se acercan contrarios a la cautela de los documentales a los antros de animales urbanos. Comienza entonces una lucha que data del nacimiento de los sexos. Se practica la estrategia más perfecta y vistos con cámaras de seguridad son hormiguitas o esclavos egipcios en la hora del bocadillo. Una confusa relación se establece entre cazador y presa si no estás iniciado en el ritual. El más fuerte de los machos en cien caballos de moto japonesa, repujado en cuero negro, armado de cromados y con cara de cicatriz puede caer herido de deseo ante la simple sugerencia de un pene en libertad. Gacetillas púberes con tetas de cereza y las matemáticas para septiembre son capaces de esconder colmillos de hiena y olores que obnubilan al más frío de los ajedrecistas. Y si no se conoce el género de temporada siempre se puede caer en la tentación confusa del paraíso bi.
Como en todo abordaje donde no se reparte el botín gozan de éxito aquellos carroñeros solitarios. Mientras hordas de aprendices malgastan la oscuridad de los falsos cubatas en tanteos de adolescente, el ave de rapiña otea el ganado desde la atalaya de una copa con nicotina. Sabe medir la distancia, disparar la mirada, aguantar la sonrisa, sopesar el fracaso y subrepticiamente lanzar caricias pero no romper nunca las normas de la proporción. Sitia a su presa ayudado de alcoholes, retórica de anuncio y armas letales prohibidas que hurgan las raíces mismas del deseo. Como experto no ignora que está cayendo en la trampa y que la victoria se disfruta a la mitad. Una vez que se acepte el cuerpo a cuerpo puede que se intercambien los roles y abandonado el uniforme de camuflaje en cualquier suelo, liberados de los abalorios renacen los más bajos instintos. Escondidos en la maleza de la noche, espoleados por extrañas sustancias los cerebros liberan humores primitivos y no es raro encontrar combinaciones imposibles: usureros de carne fresca, pacto de caníbales, onanismo colega, presas disparando.
A la misma hora miles de fracasados se baten en retirada con el hambre genital en las entrañas, y maldicen su mala suerte de hoy sabiendo que en algún puto sitio de esta misma noche está su parte del cincuenta por ciento. •
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