La teoría del perezoso o el hombre encerrado en sí mismo

Texto. Francisco Flores

lamentoNo suelo reseñar novedades literarias en esta sección (huyo de lo novedoso como de la peste bubónica o la gripe A), pero en el caso de El lamento del perezoso haré una excepción, pues se trata de la segunda novela de Sam Savage, que debutó en el panorama literario con ese delicioso relato en forma de rata llamado Firmin (del que ya hicimos mención en esta querida sección) y que cuaja ahora una arriesgada propuesta tanto en su fondo como en la forma.
Toda la novela es en realidad el compendio de los escritos que el protagonista, Andrew Whittaker, realiza a lo largo de un periodo de cuatro meses. Mediante cartas a amigos, notas de protesta, escritos a periódicos o fragmentos de una novela inacabada vamos descubriendo a este hombre de mediana edad, escritor frustrado y editor de una revista literaria de medio pelo, que ha sido abandonado por su mujer, hecho decisivo que lo sume en el soledad y el estupor más absolutos.
Aunque durante la lectura podemos conocer exclusivamente la visión de Whittaker, pues no se incluye jamás en el relato contestación alguna a sus misivas, a veces éstas dejan mensajes indirectos, como notas escritas en los márgenes con tinta invisible. Gracias a ellos descubrimos que su mujer no tiene la menor intención de volver con él, que sus amigos son renuentes a sus peticiones y que los colaboradores de su revista están cada día más irritados por su elevado y críptico nivel de exigencia.

Frente a todo ello, Whittaker se muestra como una figura vitalista, irónica, ingeniosa e implacable, alguien a quien alegra tener como amigo y se teme como enemigo, aunque estas virtudes, exceptuando la causticidad, se van transmutando a medida que el relato avanza en una misantropía sombría.
La gran paradoja es que pese a sus tremendas ansias de comunicarse con el mundo, especialmente con el femenino, Whittaker es incapaz de salir a la calle y ver la luz del sol, contra la que se defiende tapando las ventanas con láminas azules.
En la cúspide de su torre de marfil hecha con cajas de cartón, las mismas que abarrotan su salón conteniendo la mayoría de sus pertenencias a la espera de una mudanza que nunca llega, el personaje va perdiendo todo sentido de la realidad, hasta no ser más que un solipsista excéntrico y vacío de sí mismo.

En una entrevista reciente, Savage afirmaba que el punto de unión de los protagonistas de sus dos novelas es que Firmin es una rata encerrada en el cuerpo de un hombre y Whittaker un hombre encerrado en sí mismo. Yo iré más allá, puesto que pese a caernos en gracia y hacernos reír con alguno de sus ingeniosos pasajes, éste último se revela a la postre como el símbolo de la soberbia y la estrechez de miras, fruto sin duda de la frustración amorosa y profesional, pues no hay en la novela otra visión que la suya y refuta con desdén la opinión de los pocos que aún le rodean.
Hay muchos tópicos y frases hechas respecto a este asunto, pero es una verdad escrita con tinta invisible que nadie puede vivir en completa soledad so pena de volverse loco, que somos minúsculos fragmentos de un todo que no llegamos a comprender y, sobre todo, que el legado más valioso de una vida es la unión de todos los momentos que se comparten con los demás a lo largo del camino. Seguramente Paulo Coelho lo definiría mejor, pero eso es lo que comúnmente se llama felicidad o, al menos, alegría. Quien olvida su significado pierde la luz y el norte, hasta el extremo de ser incapaz de reírse de sus propios chistes. ¿Conocen algo más triste que eso? Yo, francamente, no.•

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