Las dudas de un lector

Texto. Francisco Flores

Leía recientemente en la interesante revista digital Hermano cerdo, que se edita en Argentina, un artículo de un tal B.R. Myers titulado Manifiesto de un lector: un ataque a la pretenciosidad de la prosa literaria americana. A tan largo título le seguía una diatriba contra la literatura que se hace actualmente en el país de las barras y estrellas, que el autor considera falazmente profunda, aunque los críticos con sus reseñas hiperbólicas se empeñen en lo contrario.

Según palabras textuales, lo que hoy tenemos es una muy cruda forma de afectación: una prosa tan repetitiva, tan elemental en su sintaxis y tan entumecida en sus juegos de palabras que muchas veces demanda menos concentración que la novela promedio de género. Es ésta última la que Myers defiende con ardor guerrero, poniendo como palmario ejemplo a Stephen King, al que considera un hombre sencillo y honesto. Sin embargo, a su entender los críticos, con condescendencia, tildan los buenos libros de terror, suspense o aventuras como una mera lectura divertida.
A lo largo de su ensayo, tan extenso como el título que lo encabeza, diferencia algunos estilos dentro de este terreno al parecer baldío que invade el establishment literario norteamericano, cada uno de los cuales tiene un nombre propio en la picota. A Annie Proux, autora de Atando cabos, la considera la adalid de la prosa evocativa, cuyo audaz uso de las palabras (escrito con retranca) se viene abajo en una lectura más detenida.

El cacique de la prosa muscular es nada menos que Cormac McCarthy, encumbrado al olimpo de las letras contemporáneas por obras como No es país para viejos o La carretera. En las entrevistas se presenta como un hombre de hombres con nada de tiempo para mariquitas intelectuales, dice Myers de McCarthy, al que además encuadra entre los escritores con menos sentido del humor en la historia americana.
A Don Delillo, esquivo gurú de la cultura indie por libros como Submundo, lo nombra el paladín de la prosa incisiva, que se caracteriza por estar llena de marcas registradas e inventarios de armario y que pretende ser, con una ironía poco sutil, una sátira decadente de nuestra forma de vivir actual.

El colofón llega de la mano de Paul Auster, paradigma de la prosa sobria, el estilo más conversacional de todos, que es alabado como contenido, sobrio e incluso minimalista. Según Myers, el tema preferido de Auster es la imposibilidad de jamás llegar a saber nada, lo que a su entender sólo esconde un sinsentido que se postula en la principal regla de la pseudo literatura: cuanto más difícil es poner por escrito una idea, más fácil es esconder que no se tienen ideas.
Muchos lectores luchan un único mal libro antes de concluir que son demasiado estúpidos como para disfrutar de algo retador, culmina Myers, que desea en el último párrafo que pase lo que pase el viejo desprecio americano por la pretensión está condenado a reafirmarse un día y, Dios lo quiera, que sea pronto. Mientras tanto, estaré leyendo el tipo de libros que Cormac McCarthy no entiende.
Puede que estas afirmaciones escamen a muchos lectores, pero a mí me hacen preguntarme si durante los últimos años, en los que tanto he defendido y vendido la literatura americana actual, no habré estado perdiendo el tiempo. Sólo puedo llegar a una conclusión: A veces sí y a veces no. Disfruté muchísimo con La carretera, No es país para viejos me dejó un tanto frío y en cuanto a Meridiano de sangre, considerada por muchos una obra maestra (etiqueta que abunda mucho en las fajillas promocionales), me sobraron dos o tres tazones de poesía y no entendí ni el punto de vista ni el final, aunque es algo que no me he atrevido a decir en público por miedo a quedar como un imbécil. Respecto al señor Auster, su rollo lírico-críptico me aburrió al segundo libro (así soy de lento).

Todo esto viene a colación porque acabo de leer una novela que encaja perfectamente en la definición de Myers y no es otra que Ahora sabréis lo que es correr de Dave Eggers, del que la crítica, al menos la americana, habla maravillas por, entre otras cosas, crear la revista literaria McSweeney, por su labor solidaria y por escribir los guiones de Donde viven los monstruos y Un lugar donde quedarse, películas ambas que me gustaron mucho, huelga decirlo. Pero a la hora de la verdad, de crear un libro de 200 ó 300 páginas con su inicio, nudo y desenlace, con una historia conmovedora e interesante y unos personajes cargados de sentido y profundidad, ¡ah!, la cosa cambia.
En pocas palabras, la novela va de dos tíos que deciden recorrer el mundo en una semana y repartir entre los más pobres los 80.000 dólares que le han dado a uno de ellos por utilizar su figura en una caja de bombillas (sin comentarios). En realidad, va de los remordimientos que siente el primer mundo cuando se topa de frente con el tercero, de la pena que ahoga al protagonista debido a la muerte de otro de sus amigos en un accidente de tráfico meses antes, de la alienación del hombre moderno y de qué se yo que más.
Como ya me he desatado, voy a ser más que franco, voy a ser implacable: En mi opinión, la novela de Dave Eggers, considerado hace poco como uno de los cien hombres más influyentes del planeta, es un pufo cargado de constantes y tediosos diálogos interiores, de topicazos y clichés baratos sobre cualquier lugar del mundo que quede fuera de la pueblerina Norteamérica, y de un estilo que aspira a la belleza y que no llega a barata poesía de supermercado. Ya lo he dicho. Ahí queda.

Un gran amigo, lector voraz y mente preclara donde las haya, me decía al respecto del artículo de B.R. Myers que lo más fácil en esta vida es destripar lo que hacen los demás. Para él, en cambio, todos y cada uno de los que escriben un libro o hacen algo de provecho tienen el mismo mérito, porque deben superar retos y miedos a los que los destripadores no se atreverán nunca a hacer frente. Al fin y al cabo, me decía, ¿quién es este tío que ha escrito el puñetero artículo? Os lo diré: nació en 1963 en New Jersey, habla no sé cuantos idiomas, vive actualmente en Corea del Sur y se dedica a estudiar la cultura y la literatura de Corea del Norte. Si ha escrito algo digno, además de este artículo, lo desconozco. ¿Es un don nadie? Entonces yo también lo soy, todos lo somos.
Con franqueza, ahora mismo no sé que pensar. Estoy confuso. Cada cual tiene sus libros preferidos y, por otro lado, todos hemos topado con tochos de caerse muerto. Lo importante es disfrutar con el aparentemente insignificante acto de abrir un libro, olerlo, leer las primeras líneas o páginas y darnos cuenta de que está hecho para nosotros. A nuestra medida. Ahí está la magia, no hay nada más. Lo demás es sólo ruido.

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