Libros de relatos: mis siete principales

Texto. Francisco Flores

Llamadlo plagio, inspiración o vagancia. Llamadlo como queráis, pero el número de diciembre de la revista Mercurio (www.revistamercurio.es), dedicado al auge del relato, me ha abierto el apetito lector, así que hoy no os ofreceré una de esas raciones estomagantes de recia literatura a las que os tengo acostumbrado. En vez de ello, os serviré una remesa de canapés, mis libros de cuentos favoritos, o como diría el protagonista de ‘Alta fidelidad’ de Nick Horby, mis seis principales. Tengo antojo de relatos, qué coño.
Ahí queda eso:

-‘Final del juego’ de Julio Cortazar: Aunque quizá haya envejecido mal con el tiempo, Cortázar fue en su día, junto a Borges o Bioy Casares, uno de los grandes terratenientes del cuento sudamericano, prestigiando además un género considerado menor como es el fantástico. Cada relato de esta compilación es un mecanismo de relojería cuyos engranajes encajan con tal precisión, que asusta… pero de veras. Si queréis comprobarlo, leed ‘Las ménades’ o ‘La noche boca arriba’, sin duda mi favorito, cuyo final te congela la sangre y te hace dudar si realmente estás metido en tu cama o en un altar ceremonial a punto de ser degollado en honor a los dioses.

-‘El silencio blanco y otros cuentos’ de Jack London: ¿Quién no ha deseado alguna vez viajar en un velero a los mares del Sur o cruzar Alaska impulsado por un traílla de perros? London no sólo pasó por todas esas experiencias, sino que además las escribió con una pasión exacerbada propia de la excitación del viaje. Aunque lo leí hace muchos años, todavía recuerdo con viveza el cuento ‘Amor a la vida’, en el que un aventurero se dobla en tobillo y es abandonado en plena estepa por su compañero, que sigue la marcha sin reparar en él. A partir de ahíiniciará una lucha desesperada por vivir, en la que debe enfrentarse a los elementos de la naturaleza y a sus moradores.

-‘Catedral’ de Raymond Carver: Además del discípulo más aventajado de Chejov e impulsor, a su pesar, de esa corriente llamada ‘realismo sucio’, el tío Ray fue quien me inició a fondo en el mundillo del relato, sólo apreciado por unos cuantos fanáticos que tienen el valor de luchar contra corriente. Sus personajes suburbiales y sus frases lacónicas dejan siempre una pregunta en el aire, un rumor subterráneo que se hace inaudible si no se afina bien el oído. Un ejemplo: el cuento que da título al libro, en el que un ciego llega a casa de una vieja amiga, cuyo marido, que se siente incómodo por su visita, termina describiéndole mediante la palabra y el dibujo cómo es la una catedral gótica que acaba de ver en un documental de la televisión.

-‘Nueve cuentos’ de J.D. Salinger: Su reciente muerte deja un vacío en millones de lectores que, con ‘El guardián entre el centeno’, nos cuestionamos por primera vez esa etapa llamada juventud para preguntarnos a continuación qué significaba madurar. Esa atmósfera de estupor ante el mundo adulto envuelve también muchos de estos ‘Nueve cuentos’, ya sea por el primer desengaño amoroso o las secuelas del fragor horrendo de la batalla. Además del archifamoso y multiantologado ‘Un día perfecto para el pez platano’, mi cuento favorito es ‘Teddy’, un personaje insuperable que es a la vez inocencia, genialidad y desencanto.

-‘Crónicas marcianas’ de Ray Bradbury: La ciencia-ficción hasta entonces era un género relegado a las revistas pulp, pero el otro tío Ray y unos cuantos pioneros la sacaron de los kioscos para introducirla en las librerías y las bibliotecas. Sin embargo, Bradbury nunca perdió esa conexión con el gran público, gracias a un lenguaje asequible a la par que lleno de poesía y sorpresa, la misma que alberga ‘Crónicas marcianas’, que asombrosamente es a la vez novela y compilación de relatos. Si bien comienza como un libro de fantasía, a medida que se van pasando páginas se tocan temas más adultos y trágicos, que el autor aborda desde ese gran amor que tiene por la humanidad.

-‘Siete cuentos góticos’ de Isak Dinesen: La autora de ‘Memorias de África’ pasaráa la historia precisamente por ese libro, aunque dentro de su producción el cuento tiene un lugar predominante, el mismo que debería tener en el seno de la literatura europea. En estos siete cuentos, la danesa, cual orfebre, superpone velos, tinieblas e historias, que engarzan tanto con la literatura gótica y romántica, como con los relatos alambicados de ‘Las mil y una noches’. Puro amor por contar, como si al leerla, nos congregáramos alrededor de un fuego para escuchar espeluznados un vívido relato de fantasmas.

-’49 cuentos’ de Ernest Hemingway: El papito de la literatura norteamericana fue un género en sí mismo, tal era su megalomanía y talento. Sin embargo, sus relatos tienen tanto nervio como sus novelas, a muchas de las cuales podrían ganar en un pulso al estilo de ‘Yo, el Halcón’. En estos 49 cuentos, cuyo prólogo es auténtico jamón de bellota, podemos encontrar casi de todo: escenas de pesca y caza, boxeo, iniciación a la edad adulta, gatos solitarios, paisajes africanos y sobre todo mucha vida vivida con ansia y exceso. Por cercanía, hay que destacar los relatos de la Guerra Civil española, en los que se cuenta a pie de trinchera cómo fue aquella contienda ruin y fraticida. Lástima que gran parte de su corpus breve se perdiera en una maleta (o eso he leído).

He aquí a los elegidos. Se quedan en el tintero grandes nombres a los que admiro como si fueran amigos o familiares (Poe, Calvino, Borges, Hesse, García Márquez, Asimov, Lovecraft, etc.), pero el espacio y mi paciencia son limitados. Este apetito, espero que permanente, me ha lanzado a las librerías cual hambriento enamorado, en busca de autores a los que no he leído aún pero a los que ya deseo de oídas, salivando al escuchar sus nombres: Flannery O’Connor, Mercedes Abad, Lorrie Moore… Mi última adquisición ha sido ‘Aquí empieza nuestra historia’, recopilación de relatos de Tobias Wolff, de la que ya os hablaré en breve. Espero que aquí también empiece vuestra historia con el cuento y que la historia no se acabe nunca. Brindo por ello.

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