Ursula K. Le Guin. La mano izquierda de la Oscuridad.

Texto.Francisco Flores

incultRelecturas: echando la vista atrás.
Al alcanzar eso que llaman madurez, y que no es otra cosa que tiempo acumulado, un sentimiento de nostalgia nos hace torcer la vista atrás para revivir fotogramas de existencia, encontrar respuestas a preguntas que no llegamos a formular o simplemente regodearnos, desde el gastado presente, en tiempos más luminosos y felices.

Algo así me ocurre los últimos meses con mi dieta de lecturas, que he sazonado con autores y libros que me dejaron en su día un buen sabor de boca o a los que no saqué todo su jugo a causa de mi por entonces imberbe entendimiento (no es que en la actualidad ostente el estatus de titán intelectual, aunque, por decirlo de cierta manera, las luces se han ido encendiendo progresivamente en mi cabeza, una de las pocas ventajas de la tan traída y llevada madurez).
Primera relectura: La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin, un libro de ciencia-ficción atípico (del que ya he hecho referencia en otro capítulo, creo recordar), un prodigio de inventiva que aúna en poco más de 300 páginas una historia de amor-amistad, análisis antropológico, diplomacia, política y un viaje por las entrañas de una tierra inhóspita y helada.

En una sinopsis rápida, Genli Ai es un enviado de la unión de mundos llamada el Ecumen, en viaje por Gueden, un planeta helado con dos naciones en conflicto y unos habitantes un tanto especiales, puesto que son ambisexuales, lo que quiere decir que son activos sexualmente sólo durante unos días al mes (igual que si tuvieran la regla), pudiendo adquirir de forma aleatoria características femeninas o masculinas.

Tanto su morfología como la crudeza del clima marcan el carácter de este mundo férreo y austero, que ve en Genli Ai al símbolo de un universo sexualmente perverso y por tanto irreconciliable con su concepto de humanidad, exacerbando las diferencias en vez de celebrar las semejanzas (¿no son exactamente los mismos pilares en los que se basan el racismo y la xenofobia?). Pero como indica el poema que da título al libro, la luz es la mano izquierda de la oscuridad, pero la oscuridad es la mano derecha de la luz.

Segunda relectura: Franny y Zooey del misántropo, genio, loco, mitificado y menospreciado casi a partes iguales J.D. Salinger, quien en esta novela cortita y poco conocida nos zambulle de nuevo en el mundo alucinado y extraordinario de la familia Glass, con la religión como eje central de la que podría ser una pieza de teatro casera.

El narrador, coloquial y nada impersonal, es uno de los superdotados hermanos Glass, Buddy, quien desde la distancia temporal y espacial nos cuenta las tribulaciones de la pequeña Franny, inmersa en plena depresión tras leer un libro acerca de un peregrino ruso que descubre las virtudes de la oración de Jesús. Tras abandonar su college, la chica se traslada a casa de sus padres, donde se dedica a dormitar y a recitar sin cesar la dichosa letanía, con la que espera encontrar un significado a su vida.

Al ver el pésimo cariz que están tomando los acontecimientos, otro de sus hermanos, Zooey, un apuesto y prometedor actor, decide tomar cartas en el asunto. A través de una greña dialéctica en la que el lector, avezado o no, puede llegar a perderse a causa de las excesivas referencias culturales y la aguda inteligencia de los dos zagales, van saliendo a la luz las motivaciones y obsesiones de Franny. La narración oscila entre la ternura y la terquedad de ambos contrincantes, unidos en su fuero interno por el mismo ansia: el deseo de trascender, de romper los moldes impuestos y conquistar una originalidad auténticamente genuina (si se me permite una expresión tan pomposa).

En un tiempo en el que todos nos consideramos “auténticos” y “guays”, pese a que nos vestimos con la ropa que usaban nuestros padres en los guateques y, en esencia, algunas costumbres y formas de pensar no ha variado mucho en los últimos cien o doscientos años, no nos viene nada mal recordar que no hay nada nuevo bajo el sol y que la mejor forma de ser original es ser uno mismo (y no digo nada de que la belleza está en el interior y todo eso).

Fin de las relecturas, al menos de momento, puesto que sobre la mesita de noche me espera, algo polvoriento, el Ensayo sobre la ceguera de Saramago, aunque antes tengo que terminar el mastodóntico Acción de gracias de Richard Ford (sólo llevo 250 páginas de un total de 700 y pico), autor del que también os he hablado en otra ocasión. Ya os contaré. A releer se ha dicho.•

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